17.12.16

Nuestra gran noche



Hoy hace un año que marchaste. 

Un año ya. Voy en el AVE camino de Barcelona, recordando que en que en cuatro horas, hace un año ya, recibiría la llamada más triste. 

Incapaz de procesar la noticia me quedé casi privada de aire, sin palabras. Luego un torrente de lágrimas, imparable. Sólo era capaz de decir “ay, ay, ay, Jose no, Jose no”. Como dolía. Me dolía el corazón. No es una frase hecha. Me dolía literalmente. Como apretujado por un puño. Latiendo tan solo porque tenía que seguir latiendo.

Y ahora, un año después, ya un año, me sigue doliendo igual cuando me doy cuenta de tu ausencia. Algo que se produce casi todos los días. Pienso más en ti ahora que no estás, my friend.

A menudo voy en el coche, camino a la universidad, y oigo una canción de la radio, por ejemplo, la de “Mi gran noche” de Raphael. Me imagino bailándola contigo, al salir a tomar algo, como antaño. Te contemplo mientras conduzco con el piloto automático puesto. Mueves los pies algo abiertos, con ese característico balanceo tuyo, mientras echas tu típica sonrisa abierta, tan cálida. Esa que me invitaba a abrazarte y a que me dijeras luego al oído cualquier tontería.

Siempre que puedo, cuando lloro por ti, pido al cielo que me mandes una señal. Que me susurres con tu voz grave, casi nasal, que nos volveremos a encontrar. Que tomaremos esa copa de cava rosé con la que no pudimos brindar en la boda de Ana.

Algunos de los que lean esto dirán que soy una ingenua, que ese “pensamiento lleno de deseo”, como decía la canción de los China Crisis, no existe más allá de mi propio cerebro.

Pero yo quiero ser ingenua. Quiero creer que te volveré a ver. A tenderte los brazos, a sonreír con los ojos achinados mientras me pasas el brazo por el hombro, bien agarraíto. A emborracharnos de nuevo sin querer. A contemplar el Mar Menor por la noche en Playa Chica. A ir juntos en la proa de un barco hacia Cabo de Palos. A tu lado.


Te tengo tan asociado a mis momentos felices. No me olvidaré nunca de nuestra amistad, intermitente y hermosa. Uno de los paisajes más radiantes de mi camino.

15.11.16

Vine a hablar de mi libro (3ª parte y última)

Cuando pedí presupuesto y estaba casi decidida a pagarme mi autoedición en el Círculo Rojo, allá por diciembre de 2011, le di un borrador a mi chico en nuestro primer viaje a Galicia, creyendo que eso iba a ser la polla de regalo. Pues el chico, como todavía estaba su ex pululando por la casa, leyó un finde un par de relatos o tres y luego lo escondió. 

Yo creo que ese comportamiento fue el que me dio la pista principal para no seguir adelante. Aquí entre nosotros, aunque sé que a veces entra por aquí, me temo que ya no se ha leído más de mi proyecto de libro. 

Por eso, cuando me pregunta porque no lo publico, le miro directamente a sus preciosos ojazos y le digo, pero vamos a ver, si tú que me quieres, que eres un lector voraz, como yo, y también escritor aficionado, que sabes lo que cuesta que te lean -bueno, él no, él está super orgulloso de como escribe, a diferencia de la menda, y cree que la gente adora su manera de escribir-. Sigo tras el inciso, si tú escritor y lector que me quiere, no te lo has leído ¿crees que alguien más lo va a leer?

Incluso a veces pienso que peor aún que su indiferencia sería que los hubiera leído –por favor, un sinónimo del verbo leer, que se repite como el chorizo a lo largo de este post- y no me haya comentado nada. En ese caso casi mejor que se quede callado. Él es un mago de las evasivas, que ya le tengo calado, su silencio suele ser peor que sus bromitas reiterativas que dan en el clavo con una risilla jeje.

En fin, y con esto termino.


14.11.16

Vine a hablar de mi libro (2ª parte)

Mi polsky a veces me pregunta porqué si tengo algo de dinerillo ahorrado y el libro de relatos listo –portada, dedicatoria y prólogos incluido- no lo publico.

Tengo varias razones pero la principal es que considero una frivolidad gastarme ahora 500 euros en satisfacer mi ego. A priori, y después de veinticinco mil correcciones, me pareció que esos relatos seleccionados entre muchos más –no demasiados, ya que no me caracterizo por ser excesivamente prolífica- son bastante decentes. No obstante, soy consciente de que no soy una escritora maravillosa. Esa es quizá la segunda razón.  

¿Para que quiero 100 o 300 ejemplares de mi libro si muchos de ellos acabarán cogiendo polvo en una estantería ajena –en el mejor de los casos- o guardados en cajas en mi trastero -en el peor-? Ah, no, hay algo peor. Que el que lo reciba, lo tire directamente a la papelera de reciclaje.

Tercera razón: me gustaría regalar un libro a cada persona por la que sienta aprecio. Ya se sabe, familiares, amigos cercanos o simples conocidos. A los compañeros de trabajo, ni agua.

Pero…

Como una niña pequeña, repito, me da vergüenza. Pensareis que soy una imbécil. Yo, sin embargo, no busco vuestra compasión. Sólo quiero sacarlo fuera, reconocer mi limitación en este caso. Y con ello no suplico ningún comentario del tipo: si escribes estupendamente, eres una “genia” de la escritura, la próxima Belén Esteban.

No, me refiero a que si les doy mi librín, parece que con ello, les obligo a leerlo, a echar alguna flor, a destacar mi dominio del verbo... Y no, no me siento cómoda con este tipo de situación.

En realidad, me encantaría imprimir tan solo tres ejemplares. Uno para mi, otro para Álvaro y otro para mis padres. Que tampoco sé si los leerían, pero ahí quedaría todo. Bueno, mi padre si lo lee seguro que me pone a parir. Como mi prima con el soneto que dediqué a su madre. Me dijo que era malo de cojones. Y yo tan orgullosa. Eso es la familia. Sinceridad a tope.

Al resto, creo que no sé si sería capaz de darles "mi libro". Releo lo anterior y de nuevo me veo gilipollas, pero sigamos con más evidencias.

Este un blog de relatos data de 2006. La gente lo visitaba cuando aún me hacía ilusión decir que escribía. Aparecían fugazmente, ponían algún comentario y luego se olvidaban. Por un tiempo dejé de alimentarlo. Aquí sigue. Casi estático en el dinámico ciberespacio.

Es cierto que internet representa la visita fugaz, la lectura rápida, el mundo acelerado en el que ahora vivimos todos -ya saben que es un tema recurrente en mi, que luego me contradigo y ando todo el día pegada al smartphone-. Los blog tienen muchos competidores y los de relatos representan un mundo lleno de posibilidades ;) pero está claro que si no he conseguido audiencia constante será porque lo que cuento tiene una vida limitada, tan limitadadita como mi existencia en su mismidad. También hay que considerar que el formato blog es adecuado solo para un tipo de relato determinado y no para algunos cuentos que he escrito.


13.11.16

Vine a hablar de mi libro (1ª Parte)

"Era Viernes, aunque todavía brillaba el sol, aquella mariquita decidió permanecer tranquila, acurrucada en la hoja donde pensaba pasar la noche, había sido un buen día y recordaba lo que había vivido este día tan especial…"

Así empezaba un relato de un chico que conocí. Era un hombre demasiado dulce para mi, casi diría que empalagoso. En mi fuero interno (y en el disco duro de mi ordenador) le llamé Jorge Caramelo. Guardé ese texto con sabor a algodón de azúcar en un directorio llamado “escritores noveles”. Pequeño eufemismo al que en realidad podría haber llamado “Bodrios infumables”.

Hoy, rebuscando entre escritos antiguos, me he encontrado este pequeño ¿microrrelato?

Madre mía, últimamente todo el mundo escribe. De hecho, a priori parece que escribir es fácil. ¡Que va! Es una tarea harto complicada.

A lo que iba con los noveles. Me he topado con algunas personas que, cuando les contaba que asistía a un taller de escritura, me mandaban su cuento o incluso uno un compañero de carrera hizo un amago de enviarme su novela. "La puerta del espejo", se llamaba. Iba sobre un sabio señor medieval que era también mago. Un peñazo de cuidado. Nunca le comenté nada. Ni bueno ni malo. Pero me metió en un compromiso el chaval. Dos años después perdimos el contacto pues dejo la universidad. De vez en cuando sé de él. Que ha tenido un niño, que auto-publicó su novela, etc.


Y yo, que soy una lectora voraz, que escribo porque en mi trabajo así me lo exigen, que he asistido a cuatro talleres anuales de escritura, que tengo tres blogs, en fin, que siempre estoy escribiendo y escribiendo, no me atrevo a publicar mi propio libro. El “pobrecito” (dotemósle de personalidad) lleva preparado, corregido y requete-correjido en el disco duro de mi ordenador desde hace tres años. 

12.11.16

Sauce llorón



La última vez que nos vimos, paseando tan lentamente por el jardín, observaba tu drástico deterioro en tan sólo seis meses, e iba haciendo todo el camino de tripas corazón para no llorar. Ya había derramado bastantes lágrimas en tu cumpleaños, encerrada en ese baño que se convirtió en el camarote de los hermanos Marx.

Cuando al soplar las velas dijiste ese "pienso seguir viviendo", salí escopetada. Cual fue mi sorpresa al encontrarme a tu marido sentado en la tapa del wáter, desconsolado. Yo no fui capaz de acercarme y me quedé en la otra punta del baño. Entonces, me golpea la puerta en la espalda al abrirse y aparece tu hija mayor. La última en entrar es la pequeña. Todos escondidos para que tú no nos vieras.

En un flash back recuerdo escenas de toda mi vida a tu lado, como cuando me aconsejabas que no dejara que Raúl abusara de mi en el río haciéndome aguadillas, que en el fondo seguro que le gustaba. O tus desayunos de huevos fritos con cordero. No había quien te hablase hasta el café. Luego te transformabas en otra persona, tan divertida y afectuosa. 

Mi madre no dejaba que nos quedáramos en la playa a comer y tú, sin horarios rígidos, metiendo la fruta en tu capacho, la tortilla de patata o los filetes empanados en fiambreras. Se podían comer cuando nos diera la gana. Entre baño y volteretas. Odiaba subir a casa a comer, mientras mis primas se quedaban felices. Y cuando tú insistías mucho y podía quedarme con vosotros, se me alegraba el día.

Estoy recordando muchas cosas. Probablemente las he idealizado, te he idealizado. Hace 25 años que no estás y la memoria es así de traicionera, maquilla la realidad y la transforma para quedarnos con lo mejor de las personas.

Pero no. Aunque yo te admiraba, también nos peleámos alguna vez. Cuando querías que comiera de todo y yo hacía apartijos con los pimientos y sobre todo, con el pescado. Papá traía mil peces con espina. Mamá y la abuela gritaban por quitarles las escamas y limpiarlos. Y tú, encantada de la vida, comiendo pescado para desayunar, merendar, cenar.

Las última vez que nos vimos me dijiste lo mismo que las veces anteriores. No adelgaces más, que estás muy flaca, que no te queda bien. Yo te respondí que era por él, que estaba triste, que seguía enamorada y que lo había perdido. Pero tú seguro que sabías que no era solo eso. 

Conversamos despacio. Yo te miraba con tanta tristeza y sin querer que se me notara. Tan calvita como ya estabas, tapando mis lágrimas. Con un nudo en el estómago, mientras tú te apoyabas en mi brazo para andar y sentarte junto al sauce. Aquella fue la última vez que nos vimos. 

25 años después, recuerdo tus carcajadas alegres, tu pelo rojo, tus ojos chispeantes. Recuerdo como echabas el aire para adentro entre tus dos dientes, tan separados, cuando ibas a contar algo que te gustaba. Recuerdo las últimas risas de la navidad, antes de saber que ese tumor te tenía ya sentenciada.

Te recuerdo, Mª Paz. Siempre a mi lado. Mi tía favorita y tan querida.

30.10.16

Agapornis



Nuestros agapornis me parecían un poco guarretes, con eso de que siempre teníamos que limpiar sus continuas cagadillas.

Un dia hicieron un agujero en la jaula estilo vintage (retro, más bien) que mis padres trajeron de Túnez. Se escaparon al quinto, a casa de la vecina. Los dos juntitos. Los atrapamos y... vuelta a la jaula.

Yo los contemplaba con pena. Siempre me da coraje tener animales entre barrotes. Aunque haya gente que me diga que los pájaros "domesticados" deben dormir en jaula, a mí me gusta más verlos felices cruzando el cielo. O agarrados a la rama de un árbol mientras picotean sus frutos.

Otro día se fueron juntos, tal y como vinieron a casa.


Los agapornis son parejas de por vida. 

Shh shhh Silencio

11-Septiembre-2016

Hoy encontré una carta de Álvaro a los reyes que me ha "emocionao". Pedía un chip para la Nintendo Ds de Ben Ten y seguir teniendo bondad (palabras literales). La postdata era: "Que Eta ya no mate más".

En ese momento me parecía imposible. El sueño imposible de un niño. Sin embargo, lo hicieron. Stop. Sus pistolas y bombas callaron. Sí, es cierto que ahora hay otros. Pero también lo es que su deseo se cumplió. Gracias.




19-Octubre-2016

He visto una pancarta pro-etarra en la misma facultad en la que Eta mató a Tomas y Valiente. Aquel día horrible, fuimos a la explanada a protestar en silencio. Ese día, en que sentimos el horror tan cerca, las manos blancas se levantaban bien alto. EN SILENCIO. Esos gritos airados de hoy y esas mascaras blancas para mí no significan más que odio.

Yo no odio a las personas que venían a hablar. No me gustan sus discursos actuales, como no me gustan los de otros. Pero me parece rastrero poner una pancarta de Gora Eta y chillar fascista a otros tras una careta. Como también me pareció asqueroso gritar a Carrillo y quizá a otras personas que han venido a la UAM. A mi casa.

Si no quieres, no les des la bienvenida, pero déjanos vivir en paz.

23.10.16

Teens

Catorce años ¡Qué razón tienen en ese documental! (Cuando más lo necesite)  

El martes, Álvaro me decía que era la mejor madre del mundo y que como yo siempre voy a estar a su lado... Y me puse "asín de grande" de la emoción. El viernes bronca de las gordas, gritos y golpes incluidos. Hoy ya somos amigos.

Así es la adolescencia. Vaivenes, hoy te odio y mañana te quiero.

Pero bueno, aunque hay una parte del documental que me parece un poco sensiblera, también coincido en que yo fui igual.

Me acuerdo de una bronca con mi madre tras la que acabamos dando vueltas a la mesa de mi habitación. Ella persiguiéndome mano en alto y yo huyendo. Me acababa de gastar todo el dinero que me había dado para ropa, creo que 5000 pesetas, en un mini-vestido-impermeable verde con cuello vuelto. Divino. En realidad era un impermeable a secas, pero a mi me "moló mogollón" como vestido y llegué a casa sin imaginarme la hecatombe que ocasionaría el supuesto vestidito. Ese día la odié mucho.

Y ahora Álvaro anda con lo mismo. Casi es más bueno que yo. Me sigue dejando comprarle yo la ropa. Y de momento, tan solo se rapa el pelo raro o le gusta  demasiado la marca Dope.